Ser
personaje literario es lo que tiene...eres inmortal. Si encima resulta que eres
el personaje literario más famoso de todos los tiempos, no sólo eres inmortal,
también tienes una reputación que hay que mantener, por muchos años que pasen y
por muchos cambios que se operen en el tiempo.
Hay
cosas que no han cambiado, vivo en el lugar de La Mancha aquel de cuyo nombre
sigo sin querer acordarme (no me pregunten vuesas mercedes el motivo, por favor),
con mi ama de toda la vida y mi sobrina, que no se quiere emancipar. Me
preguntarán por Rocinante, él está bien aunque cada vez le cuesta más llevarme
por los caminos pues las autopistas no están hechas para sus herraduras. A
veces lo pasa mal, se lo noto, como también lo pasa mal el Rucio, pero como junto
con el amigo Sancho los cuatro formamos el dream
team de la Literatura, ellos también lo saben y cualquier molestia, achaque
o contratiempo con el que nos podamos encontrar no les amedrenta ni lo más
mínimo, no hay dolor.
Lo
que sí ha cambiado, eso lo notarán, es mi forma de expresarme. Miren que he
intentado mantenerme puro con mi lenguaje castellano del siglo XVII, pero conforme
han pasado los lustros, ya sea por dejadez, ya sea por experimentar, me he
visto arrastrado por las nuevas corrientes gramaticales y he terminado utilizando
un vocabulario novedoso que, al principio con timidez y luego ya con enorme
osadía, he adoptado como mío. Ruego a vuesas mercedes me perdonen tal
atrevimiento, pero estarán conmigo en que hago bien en emplearlo si mi objetivo
es publicar estas reflexiones mías en ese invento diabólico llamado “Internet”
y más, teniendo en cuenta que me encuentro algo nervioso, pues es la primera
vez que escribo en un blog.
En
fin, como ya les he comentado, el dream
team sigue sus andanzas por los campos españoles. Un día me levanto, mando
ensillar a Rocinante, envío un mensaje a través de una cosa que se llama algo
así como “Guasap” a Sancho y en menos de dos horas ya estamos de caminata, que
es lo que realmente nos hace sentir vivos.
En
ocasiones me creo John Wayne en el salvaje Oeste. Me hubiera gustado que en
alguna de las películas o series que se han hecho sobre nosotros la banda
sonora la hubiera cantado Frankie Lane, pero nada, los distintos directores
nunca han hecho caso a mi sugerencia, ni canciones de Frankie Lane, ni de Johnny Cash …qué
sabrán. Cierto es que pocos indios nos encontramos por los parajes (entendiendo
por indios a unos tíos medio desnudos con plumas en la cabeza y hablando raro),
pero no me negarán las enormes ganas de montar a caballo que provocan esa clase de
canciones country.
Pero
yo no me he puesto a escribir aquí para hablarles de música, ni mucho menos. He
creído conveniente que, con motivo de los 400 años de la muerte de mi hacedor,
justo es comentarles mi experiencia actual con los molinos de viento. Sabrán vuesas
mercedes que una de las cosas que más se recuerdan de mis andanzas es la
polémica aquélla generada por unos gigantes a los que Sancho se empeñaba en llamar
molinos de viento. El caso es que acabamos mal. Yo envestí y un gigante me
atrapó. En frío les diré que es muy posible que los gigantes aquéllos tomaran forma
de molino de viento para jugar al despiste y por eso Sancho se empeñaba en
decirme por activa y por pasiva que aquéllos no eran gigantes. El caso es que
desde entonces les tengo ojeriza a los molinos de viento. Bueno, a los molinos
de viento y a los gigantes, claro.
Les
diré que con el paso de los años, los gigantes iban poco a poco envejeciendo.
En cada aventura que emprendíamos los gigantes estaban más y más demacrados,
artríticos y apáticos. Reconozco que no hay que hacer leña del carbol caído,
pero les confieso que me alegraba cuando les veía así y celebraba cuando me
topaba con uno de ellos agonizante.
Sin
embargo, de un tiempo a esta parte, han aparecido por los campos nuevos seres,
aún más grandes que aquellos gigantes. Unos colosos descomunales, como de la
tierra de promisión. Sancho, pobrecito mío, sigue empeñado en calificarlos como
de molinos de viento (miren que es terco este hombre, prefiero mil veces al
Rucio). El caso es que no, no les voy a decir que son gigantes porque no estoy
loco. Esos armatostes no pueden ser gigantes en absoluto, ya que son metálicos
y no llevan lienzos que cubran sus cuerpos como aquéllos otros. Sé
perfectamente lo que veo: son “Transformers”. No me negarán vuesas mercedes que
no son unos robots enormes que se plantan allí en medio del campo con malévolas
intenciones, agitando sus brazos en forma de hélice letal.
A
mí me da igual lo que me diga Sancho, yo ya estoy entrenando a Rocinante para
la batalla final. Les voy a dar lo suyo a esos ”Transformers”. Se van a enterar
de quién es Alonso Quijano, ¡ea!, que he aprendido karate y las patadas las doy
mejor que Bisbal en OT, ahí es nada.
Últimamente
mi sobrina me persigue con unas pastillitas para que me las tome. Dice que me
sentarán muy bien… no sé qué de unos antipsicóticos. Me niego, claro, seguro
que me tomo una y empiezo a ver cosas raras, como le ocurre a ella que, a veces,
cuando pasa un tren (con sus vías, sus vagones, su todo, vamos), me dice que es
el ave. ¡¡Ave!!!, ¿pero hija mía, dónde le ves las plumas? Mucho decir de mis
gigantes y resulta que confunde una locomotora con una gallina… ¡y luego el
loco soy yo!
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